martes, 26 de marzo de 2019

De nostalgias, mujeres y muñecas.

Detrás de los cristales

Ángeles Durini
Silvi Hei
Ediciones SM
Serie Roja


Este verano me tapó la nieve. Una nieve de palabras leves y blandas, aunque todas juntas por momentos fueran una pared. La nostalgia, sea por tiempo, por distancia o ambos puede tener la dureza de metros de nieve aprisionados en el pecho. Y este es un libro que excava en la nostalgia, en la de Elvira que recuerda su vida desde niña, y en la de André, el joven francés que emigra desde los Pirineos en un camino de iniciación que lo trae a la Buenos Aires del novecientos.

La ciudad en esta historia es una protagonista más. Con una evidente investigación exhaustiva, es fielmente retratada, sin siquiera un vidrio de por medio. Estamos ahí, la vemos, la tocamos, la olemos, nos depositamos sobre ella y su acontecer como copos de nieve sobre sus tejados o adoquines.


Y si de protagonismos hablamos, tiene un papel principal Alfonsina Storni. Sí, la poeta figura en la historia como ícono de su época, que las mujeres del petit hotel de la calle Junín admiran con fervor, por su vida y por su obra. Y por si no nos alcanzara, casi todos los nombres de los capítulos del libro son un verso de su poesía, que hilvana el tono, respiración y musicalidad de toda la trama, en una intertextualidad que lejos está de ser ornamental.


En una época donde la mujer podría estar retratada como una muñeca, este papel solo se le destina a los juguetes que fabrica el tío del recién llegado. Solo las Mimis, Fufis, Mari Roses, permanecen quietas e impolutas. Las mujeres de Detrás de los cristales andan bastante adelantadas, se embarran, recitan, dudan. No resuelven siempre sus indecisiones, pero dudan. Eso lo ha heredado Elvira y también su hija.


Recuerdo perfectamente la nevada de 2007. Era un fin de semana largo y lo pasé entero estudiando Latín. La única e inolvidable distracción fueron aquellos copos.

Elvira vivió dos nevadas, aunque solo pudo ver la segunda. Yo viví la última, pero sí pude ver claramente la de 1918, gracias al detalle de una prosa exquisita. Lo que por momentos no resultó tan nítido fue el texto mismo, nublado de lágrimas, pero bueno, son agua al fin, como la nieve y como el mar.



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