miércoles, 25 de noviembre de 2020

El fútbol para mí no existe, pero Maradona sí.

 

Hoy murió Maradona y no sabía que lo llevaba tan adherido a mi historia. Más, cuando el fútbol no ha sido parte de mi vida familiar pasada ni presente. Pero corriendo las horas, recordé un cuento inédito. No se trata directamente de él, pero que está, está. Ustedes dirán.


Héroes

 

Los gansos lo tenían rodeado.

Como no podía moverse, solo podía pensar, y nunca, nunca, nunca, iba a perdonar a sus padres.

A su papá, tal vez; pero a su mamá, nunca.

Los gansos lo tenían rodeado y adentro de esa jaula de plumas seguía pensando. Su papá: hijo, nieto y bisnieto de españoles, Paredes de apellido, y bueno, eso viene de nacimiento. Pero su mamá, y la promesa que le había hecho cuando era chica a la Virgen de no sé dónde en la final del Mundial 86’. Que si Argentina ganaba, que a su primer hijo le ponía Diego. Por Diego Maradona, ese que dicen que es mejor que Messi. Y que cuando veinte años después se enteró de que iba a tener un varón, que Diego ya se llamaba su sobrino y que no le iban a poner al recién nacido el mismo nombre que a su sobrino. Y que una promesa es una promesa, y que qué tal si le ponían Armando… y conclusión: Armando Paredes, presente.

Los gansos lo apuntaban con sus cuellos de escopeta y Armandito nunca iba a perdonarles a los padres ese nombre. Es que Armando Paredes no armaba nada, al contrario, desarmaba. El chico tenía el récord de entradas al hospital por llegar con elementos extraños metidos en cualquier parte del cuerpo: tapitas en la nariz, monedas en el estómago, perillas en el ombligo: era un desarmador nato.

Armando no tenía nada contra los que armaban paredes, pero él estaba para otra cosa. El no quería armar, quería desarmar y crear algo nuevo con lo desarmado. Era lo que bien se dice un inventor y tenía muchos prototipos. Su último invento eran unas suelásticas metasónicas autoadhesivas. Las suelásticas tenían una función secreta, aún en etapa de prueba, y además una función práctica: aseguraban una protección permanente contra el frío en la planta de los pies, sin tener que poner y sacarse las medias. Y si fallaban en su objetivo protector, venían con unos tapones tímpanosiliconados, fabricados con restos del audífono de la abuela, que activados en su función inversa, impedían oír a su mamá gritándole todo el día que no anduviera descalzo. 

Y… sí, la madre quería verlo siempre con medias puestas, pero no cualquier media, sino las de fútbol. Tenía catorce pares y cada vez que desarmaba un par porque necesitaba hilo o elástico para algún invento, aparecían dos pares nuevos. Si tenía catorce pares de medias, las remeras serían unas veintiocho, y los shores, cincuenta y seis. ¡Es que hay que tener una pasión en la vida, hijo, y qué mejor que el fútbol, pasión de multitudes!

La pasión de la madre de Armandito era apasionarlo a él. Cuando destruyó el celular del padre para desarmarle el micrófono, ¿cuál fue la consecuencia? La N° 5 del último mundial. Armandito necesita más desgaste físico, Daniel, vas a ver cuando vuelva bien cansado, si le quedan ganas de andar desarmando cosas.

Y cuando ganó el intercolegial de ciencias por su borratizador robótico, ¿cuál fue el premio mayor? Lo anotaron en la Escuelita de Fútbol.

          Y por el fútbol y por el nombre y porque habían ido a ese parque maldito al torneo de la escuelita, es que estaba a punto de ser atacado por una manada de gansos salvajes. Porque lo echaron por agarrarse a trompadas cuando le gritaron si armaba paredes de troncos. Porque le dijo a los padres que no quería ir más a fútbol, y la madre ¡pero Armandito!, ¡no te lo dicen en serio! ¿Mirá si los héroes del 86’ hubieran reaccionado así con lo que gritaban los alemanes? ¡Hijito, no seas ganso!

Y bueno, si era un ganso, se iba con los gansos, ahí, al lago del parque. Así que caminó arrastrando la bandera de ese club de porquería y se sentó entre los pajarracos a tirarle migas del Paty consuelo que le había dado el padre. Y parece que a los gansos les gustaba el pan de Paty y no le alcanzaron las migas para todos y ahí estaba, rodeado de gansos asesinos, que chillaban más que la madre cuando lo alentaba en la cancha.

Como no podía moverse, se ató la bandera al cuello para protegerse de los futuros picotazos y nunca, nunca, nunca iba a perdonar a sus padres. Aunque lo mandaran al taller de ciencias que pedía hace un año, aunque le aseguraran que a fútbol no iba más.

Y porque no podía moverse, sintió claramente cuando el suelo empezó a vibrar. No era un terremoto y no podía ser otra cosa. Se había activado la función ultrasecreta de las suelásticas que tenía puestas.

¡Funcionaban! Las había creado para cuando sus compañeros de equipo lo corrían a la voz de “Patadura” y las suelásticas eran detectoras de sudor aterrorizado.

¡Comenzaba a despegar del suelo impulsado por su descubrimiento de micropartículas sudoríparas en fricción!

¡Estoy volando! ¡Estoy volandoooo! ¡Ya no soy un chico común!, ¡¡¡soy un superhéroe!!!

¡Inventores del mundo, yo me arriesgaré en misiones imposibles para lograr el desarme nuclear! ¡Yo desarmaré los dispositivos de caza de los animales en extinción! ¡Pataduras del mundo, tienen desde hoy quien los rescate de las pasiones ajenas!

Un rayo de luz cruzó el firmamento y Armandito nunca escuchó a la madre cuando codeó al padre y señaló el cielo al grito de ¡Barrilete Cósmicoooo!

Estaba demasiado lejos y además, puños cerrados hacia adelante, el trapo hecho capa, pelo pegado a la frente, solo pensaba en su nuevo nombre. Ya no tenía que preocuparse por llamarse Armando Paredes porque esa sería su identidad oculta, como Bruno Díaz de BatMan,  Clark Ken de Superman o Peter Parker de Spiderman. Ya no tenía que preocuparse porque él era más que cualquier héroe del fútbol, era el nuevo superhéroe argentino y desde hoy todos lo conocerían como ¡AAAAR-MAAAAAAN!!!