jueves, 22 de febrero de 2018

Animarse a animar

Siempre se habla de la dificultad que supone el largarse a escribir. Del soltar la mano, de desbloquear barreras, del terror a la hoja en blanco. Nunca me pasó.
Desde el primer diario con tapa de Sarah Kay y pilas y torres de cuadernos, no paré. Es de manual, para los que empezamos así, pasar de lo personal a la poesía primero y la ficción después, siempre llenando cajones.

Trabajar como redactora publicitaria, exponiendo diariamente mi trabajo escrito, me cocinó lento en el fuego de la mirada ajena, con lo cual también fue fácil exponerme, mientras mi escritura llegaba a ser literatura.
Pero luego de más de una década de talleres, formación, libros publicados y actividades de promoción de la lectura, empecé a escuchar bastante seguido la pregunta de cuándo iba a dar un taller yo. La respuesta también era fácil: nunca.
Nunca, porque nunca se está preparado, porque nunca se sabe lo suficiente, porque nunca estaría uno a la altura de esa gran búsqueda, la de la palabra propia, pero de un otro.
Y ahí, como aparecidos, se me presentaron el temor y el terror juntos. El de la hoja y el del ojo, con su poder retroactivo. Claro estaba: me asustaba más la idea de coordinar que de escribir.
Porque cómo encender, avivar o hasta aquietar la llama de palabra que todos llevamos. Con qué aire soplarla, con qué agua rociarla.
Una futura alumna insistió e insistió, y con la irresponsable certeza de no saber cómo, me animé.
De esto hace un largo año y medio. Debo decir que un taller, este taller, es un lugar atravesado por la exploración y el descubrimiento de nuevas formas de escribir y de leer, en primer lugar de esta coordinadora.
Lo que sigo aprendiendo es que no se trata de saber todo o más, para transmitirlo, sino de compartir con otros lo caminado y esencialmente lo que tenemos por caminar juntos.
Los resultados no son ni académicos ni estadísticos: talleristas felices y coordinadora alcanzando altos picos de plenitud.


Ahora, el único miedo que tengo es a dejar de hacerlo.


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